Santiago Huvelle, profesor de la Universidad Francisco de Vitoria, reflexiona desde su experiencia familiar sobre la discapacidad y la Ley Celaá

Santiago Huvelle es miembro del Regnum Christi, profesor en la Universidad Francisco de Vitoria y padre de tres hijos. Uno de ellos, Juan, tiene síndrome de Wolf-Hirschhorn, tal y como nos contaba en una entrevista hace meses. A propósito de la LOMLOE ha escrito un artículo titulado La Ley Celaá y la educación especial: meditaciones escépticas de un recién llegado, en El Debate de hoy. En su artículo pone en evidencia lo que esta ley, “precipitada y alcanzada sin consensos”, pretende conseguir: visibilización de la discapacidad y evitar la discriminación. Por el contrario, como explica al inicio de su artículo: “En medio del rechazo, el miedo o la desaprobación que los padres encontramos a veces en la sociedad, los centros de educación especial resultan un oasis donde nuestros hijos son mirados de verdad y con verdad”.

En su análisis, Santiago observa uno de los grandes problemas de esta ley: el no distinguir realidades dentro del mundo de la discapacidad. O algunas de las preocupaciones que tienen las familias, como la segregación en los colegios ordinarios entre los alumnos con necesidades educativas especiales y los que no; la falta de formación del profesorado; el acoso escolar a los niños y niñas con discapacidad (bullying); y el rechazo social.

Esta ley plantea un falso dilema, explica Huvelle: “O centros ordinarios donde los niños podrán traspasar el umbral de la familia al mundo de la vida, pero a costa de descuidar sus necesidades específicas y exponerse al peligro del rechazo o de ser un niño-mueble en el aula. O centros de educación especial, donde estén amparados en la aceptación y desarrollen su potencial, pero a costa de quedar marginados del mundo, ocultos a los demás”. El dilema sería cierto, dice, “si la escuela ordinaria fuera el único modo de ponerse en juego en el mundo. Vivir hoy experiencias comunitarias reales y transformadoras puede ser difícil. Tejer vínculos fuera de los marcos sociales institucionalizados (la escuela, el instituto, el lugar de trabajo) es, sin duda, un desafío. Pero hacia ello debemos aspirar, empezando por vivir una experiencia plena en el seno de la familia, y desde allí abrirnos al mundo”.

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