Un testimonio que no te puedes perder | Pablo, sobre la Misión Maya: “Lo mejor era esa sensación de total libertad para hacer el bien”

Juventud Misionera te ofrece la oportunidad de vivir veranos inolvidables en los que, al compartir con amigos y conocer nuevas culturas, podrás encontrarte con Cristo de una forma diferente. La Misión Maya es uno de los destinos disponibles para chicos de bachillerato del 5 al 24 de julio. Queremos que conozcas mejor de qué trata esta propuesta, por eso te compartimos el testimonio de Pablo, pues esta experiencia significó para él un punto de inflexión en su madurez espiritual.
Pablo

“Siendo completamente sincero, nunca tuve claro el apuntarme a este viaje que realizamos el pasado verano. Doy muchas gracias a aquellos que me animaron a hacerlo. Sin ellos, estas misiones no podrían haber sido tan fructíferas para mí.

La vida en las misiones era muy entretenida. Siempre teníamos algo que hacer, y lo mejor era esa sensación de total libertad para hacer el bien. Al fin y al cabo, nadie te obligaba a hacer absolutamente nada, pues en la medida que tú te movieras así iba a mejorar la vida de estas personas. Es cierto que eran días largos, en pie desde las 7:30 de la mañana y yéndonos a dormir a la 1:30, pero la verdad es que el cansancio no hizo mella en el espíritu.

Concretando más en las actividades, podríamos resumir el día en tres partes: por la mañana, después de desayunar, nos repartíamos por nuestro pueblo, Yoactún, y cada uno se encargaba de ir puerta por puerta a hablar con las personas. Los primeros días hacíamos barridas más rápidas para llegar a todas las viviendas y que éstos supieses que habíamos llegado, pero más tarde no importaba si no recorríamos todo el pueblo un día y nos quedábamos charlando con la gente. Ahí de verdad veías la necesidad interior que tenía cada uno de ellos, pues con tan solo un par de oídos que escuchasen con atención

sus problemas eran felices. Por la tarde, tras comer invitados en casa de alguna familia del pueblo, llegaba la hora de descansar unos minutos tras la calurosa mañana. Entonces aprovechábamos para pensar las actividades de la tarde. Después, con la megafonía del pueblo, convocábamos a los vecinos a la capilla local para rezar el rosario y la misa diaria. Tras ello, dividíamos a la gente en niños pequeños que iban a la plaza a jugar y el resto, quedando estos últimos en la capilla para recibir una catequesis. Esta quizás era una de las partes donde más notábamos la intercesión de Dios, pues sin apenas formación seria conseguimos transmitir las bases de la religión con una precisión y sentimiento muy lejos de nuestra capacidad. Llegada la noche acudíamos a cenar a casa de otra familia y tras ello volvíamos a la nuestra para disfrutar de largas conversaciones y partidas de Mus donde recordábamos lo vivido durante el día.

Sin embargo, la rutina diaria no fue lo mejor de ello, claro está. Lo verdaderamente trascendental, que aun todavía recordamos vívidamente, es el sentimiento que transmitían aquellas personas. Gente sencilla, pobre la mayoría, que sin embargo no dudaba en ofrecerte el mejor de los manjares para cenar en un gesto de generosidad incondicional. Fue ese espíritu cristiano innato que muchas veces nosotros olvidamos lo que probablemente nos llevó a seguir cada día como el primero a pesar de las dificultades. Verdaderamente admirable.

Más allá de esto no puedo comentar gran cosa, pues se me hace realmente difícil el transmitir ese sentimiento de felicidad que nos provocó las misiones. Una experiencia inolvidable que ojalá repitamos en algún momento de nuestras vidas. Fue un punto de inflexión para nuestra madurez espiritual, o al menos hablo por mí ya que me hizo

comprender muchas de las cosas que me sonaban lejanas y extrañas. Además nos podemos quedar con que a raíz de estas misiones ha surgido un núcleo sólido de amigos, que tenemos la suerte de haber compartido esta experiencia y mucho más.

He disfrutado mucho, incluso teniendo que sufrir alguna de las contrapartidas de ir a en mitad de la jungla a vivir de lo que otras personas, llenas de amor y caridad, te daban. La verdad es que es una experiencia que cambia totalmente la forma de ver la vida, de valorar las cosas.

Ha sido un choque de culturas en toda regla, México es un país de contrastes, y aunque he disfrutado mucho en la zona más rica, como Cancún ciudad y la Riviera Maya, me quedo sin duda con Yoactún, un pueblo de menos de 1000 habitantes, perdido en la selva que fue nuestro hogar durante 15 intensos pero enriquecedores días.

Esto sin duda es algo que marca un antes y un después, y creo que en jóvenes como yo contribuye a darte una perspectiva mucho mejor de la vida en general, aunque sea al otro lado del océano, los problemas que viven allí tienen las mismas bases que los que sufrimos aquí.

Sin duda recomiendo esta experiencia a cualquier persona, es algo que “llena” mucho a cada uno, pues das tu ayuda y te prestas a ellos enteramente, pero acabas aprendiendo valores fundamentales que hoy en día parece que tengamos olvidados”.

Comparte esto: