Juventud Misionera | Ana: “Fui a misiones sin ninguna expectativa y salí con el corazón abierto de par en par, amando al mundo apasionadamente”

Después de estas misiones, tanto jóvenes como adultos, han regresado reconfortados espiritualmente: “No hay misión pequeña, si el amor es grande”, dice Ana, quien misionó en la Parroquia Nuestra Señora de la Esperanza, de Cartagena. Ana nos cuenta su testimonio de misiones y nos dice que es la primera vez que va con Juventud Misionera. Su historia ha sido una experiencia de amor muy enriquecedora que no te puedes perder.

Ana
“No hay misión pequeña si el amor es grande”. La frase ya la conocía, pero ha sido esta Semana Santa cuando he podido experimentarla en primera persona. Me apunté a las misiones sin saber muy bien dónde me estaba metiendo. Mi universidad pertenece al Regnum Christi y me pareció interesante ver cómo se vive la fe allí. Respecto a lo de ser misionera, no podía ni imaginar cómo sería.

Pero Jesús me conoce muy bien y sabe cómo sorprenderme. Fui a las misiones sin ningún tipo de expectativa y salí de ellas con el corazón abierto de par en par, amando al mundo apasionadamente, pero no sabría explicar el por qué. No hice nada especialmente increíble ni viví ninguna conversión alucinante, pero no hay misión pequeña si el amor es grande. Estuve en un pueblo en el que ayudábamos al párroco a preparar los oficios y allí nos daban de comer familias de feligreses. A mí me tocó la mejor de todas, era una familia pequeña y humilde, pero cada uno de sus miembros reflejaba perfectamente lo que decían de los antiguos cristianos: que les reconocían por cómo se querían. Y no sólo se querían entre ellos, también querían a su vecina, que era una más de la familia, y también nos quisieron a nosotros como si fuéramos uno más durante los dos días que estuvimos con ellos.

Mis dos Semanas Santas anteriores las había pasado con un grupo de jóvenes en el que celebrábamos los oficios y rezábamos a nuestro modo, intentando hacerlo todo más ameno y cercano a nosotros. Así que pensé que sería un poco “suplicio” el vivir todo esto en una parroquia de gente mayor, de la forma más clásica. Pero no fue así. Esta Semana Santa, gracias también a los demás misioneros que me rodeaban y a disponer de una capilla en la universidad donde dormíamos, que estaba siempre abierta para quien quisiera rezar un rato, he podido comprender mucho mejor el misterio de la Pasión y he podido vivirlo mucho más cerca de Jesús y de María.

Respecto a las misiones en sí, puede que justo en mi grupo no hubieran sucedido grandes cosas o no nos pasara nada remarcable, pero el estar con ellos ha sido una de las mejores experiencias de mí vida. Cada persona de las que lo formaba era increíble. Hacía mucho tiempo que no conocía tanta gente tan maravillosa junta. Cada uno era distinto, con su forma de ver el mundo y de vivir la fe. Cada uno había llegado hasta las misiones de una forma completamente distinta. Pero el estar juntos conviviendo y compartiendo nuestra fe, ha sido espectacular. He vuelto a casa feliz, sabiendo que me llevo amigos para toda la vida.

Y ser misionera, al final, resultó ser algo tan sencillo como dar ejemplo del amor y la alegría tan grandes que sentimos al estar cerca de Dios. Es, como dice la canción, tener su historia entre mis labios, para poder contarle a todo el mundo que Él es el único culpable de mi felicidad. Al final, cuando estás lleno de su amor, lo único que quieres es transmitírselo a los demás para que también puedan conocerlo, para que puedan compartir nuestras ganas de vivir. Y este es el fin de las misiones. Ser misionero es ser la Luz de Cristo, e intentar encender esta luz en los demás con nuestra alegría, nuestro ejemplo y nuestra forma de querernos”.

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